josem_martinezPor José María Martínez García. Director de New Medical Economics.

Entre los miles de anglicismos que, lamentablemente, todos utilizamos en mayor o menor escala, cada vez es más frecuente este de las fake news. Y una vez más echamos de menos la bonita diferencia del español en contra del inglés.

Fake news traducido a nuestro rico idioma son los bulos o noticias falsas de toda la vida, pero sin el glamour ridículo de utilizar el término inglés por pura pijería o por seguir a Donald Trump, que tanto lo ha popularizado. Llegan al whatsapp, se comparten por Facebook o se encuentran buscando en la red por otro motivo.

Causan sorpresa o alarma y se divulgan muy deprisa. De media, estas informaciones falsas reciben un 70 por ciento más de retuits que las veraces, según un reciente estudio publicado en la revista Science.

En todos los sectores este fenómeno actual es tan frecuente en la actualidad como muy preocupante, pero lo es en grado superlativo cuando se trata de información sobre la salud ya que afecta a los pacientes actuales o potenciales que lo somos todos. Porque más del 60 por ciento de la población española se dirige a Internet para consultar temas relacionados con el ámbito de la salud.

La cultura digital ha supuesto en el sector sanitario un cambio solo comparable al que en su día protagonizó la revolución industrial en la economía mundial.

Puede observarse que si introducimos el término “salud” en Google, encontramos cerca de 700 millones de resultados asociados.

Si a esto le añadimos la cada vez mayor velocidad de viralización de los contenidos que imprimen las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea, nos hallamos frente al campo de cultivo perfecto para que las fake news de salud proliferen a sus anchas.

La salud protagoniza buena parte de los bulos en Internet. Algunos de ellos, curiosos, como asegurar que las patatas fritas ayudan a combatir la calvicie.

Lo anterior, siendo falso, no es un problema grave para la salud pública. Sin embargo, otras aseveraciones pueden desencadenar un verdadero problema, pues se trata de informaciones tan descabelladas como decir que las vacunas pueden provocar autismo o que el zumo de limón con bicarbonato en ayunas ayuda a combatir el cáncer.

Y es que las ventajas que ha reportado Internet para todos los ámbitos de la vida personal y profesional de sus usuarios son evidentes. Pero, como todo, también lleva aparejados importantes aspectos negativos que pueden llegar incluso a perjudicar la salud de los ciudadanos, en especial si se trata de noticias falsas relacionadas con el ámbito sanitario.

Existe un exceso de información de salud en la red y gran parte de la misma es errónea. Nuevo término “diferente” a tener en cuenta: infoxicación, con ese componente de fake news incluido en sus textos.

Todos los colectivos opinan que la información online de salud debe ser objetiva, veraz, contrastada, divulgativa e incluir fuentes oficiales, declaraciones de profesionales sanitarios y el testimonio de pacientes. También consideran que los profesionales sanitarios deberían poder prescribir webs a sus pacientes.

Y es que este fenómeno de las fake news adquiere un dramatismo especial si los que las consumen y creen como veraces son los profesionales sanitarios.

Por ello, es importante que no solo los pacientes sepan distinguir entre lo falso y lo real sino que lo sepan dichos profesionales, y que sepan distinguirlas de las investigaciones veraces que se publican en Internet. Para ello, existen ciertos hábitos que ayudarán en esta tarea.

En este sentido, la práctica principal que debe adquirir el profesional sanitario que consulta información científica en la red es la de verificar los datos que está consumiendo. Para este fin existen diversos métodos, entre los que destaca la consulta de noticias y estudios en portales de reconocida credibilidad, como revistas especializadas, instituciones oficiales o medios y profesionales de la comunicación de reconocida trayectoria y calidad periodística.

fakenews

Asimismo, es recomendable desconfiar de los textos que no tengan ninguna fuente correctamente referenciada y mantener el espíritu crítico en toda lectura, para evitar la circulación masiva de bulos.

Otro aspecto importante es el de las investigaciones y estudios obsoletos. Muchas de las informaciones sanitarias que circulan por Internet no están actualizadas a nivel de los últimos avances médicos. Por ello, es fundamental que el profesional compruebe la fecha del texto de que se trata.

Y, ¿qué decimos de los otros interlocutores más numerosos, los ciudadanos? A estos les llegan vía sobre todo Facebook y whatsapp también noticias falsas, rumores disparatados, con apariencia de veracidad, sobre todo relacionadas con la alimentación y el cáncer, como que las vacunas provocan autismo o que el paracetamol contiene un virus, o los recurrentes para conseguir donaciones, con historias emotivas de enfermedades raras y trasplantes.

O del tipo de que las mamografías producen cáncer de tiroides, el lápiz de labios o el aire acondicionado son cancerígenos y, menos mal, que la Coca-Cola y los zumos de remolacha combaten los tumores.

Algunos de estos rumores responden a personas que buscan protagonismo a toda costa; otros a quienes pretenden obtener beneficios económicos al fomentar el miedo o al dañar la reputación de sus competidores, y no faltan los “conspiranoicos”, grupos a menudo ligados a pseudociencias u otras “habilidades” que sostienen que la industria farmacéutica y los gobiernos conspiran para enriquecerse con enfermedades inventadas y virus escondidos en medicamentos y vacunas. Sin descartar también a colectivos de personas convencidas de la veracidad de sus falsos argumentos, y que actúan de buena fe difundiéndolas. Otras veces surgen anónimamente, pero otras a través de personajes conocidos que ayudan a expandirlos. Y esto es aún mucho más peligroso.

También hay que tener en cuenta las revistas sin escrúpulos, en las que, mientras se pague, se puede publicar. Todo vale. Y si hablamos del cáncer, como enfermedad que da más miedo, en general, la población desconoce los factores de riesgo relacionados con ella, por lo que confía en cualquier explicación pseudocientífica que sea mínimamente creíble.

Los bulos más frecuentes son los relacionados con la alimentación: todos los que predican que hay alimentos que producen cáncer, debido a los aditivos sobre todo o, al contrario, que pueden ayudar a frenarlo.

Los más peligrosos son los que incitan a dejar los tratamientos sustituyéndolos por soluciones naturales milagrosas. Esto causa trastornos psíquicos y emocionales a muchas personas que llegan a abandonar lo recomendado por el médico.

Es fundamental colaborar con las sociedades científicas a través de colectivos de personas o de profesionales sanitarios y de la información interesados en proteger a los ciudadanos neutralizando esas fake news.

Lo deseable es que estas sociedades científicas designen profesionales que identifiquen bulos y titulares alarmistas en los medios de comunicación, los envíen, y las asociaciones de ciudadanos lo publiquen, sobre todo, en la página web.

Y reaccionar ante los bulos rápidamente. Hasta ahora, las sociedades científicas no han actuado, o lo hacen demasiado tarde, cuando el bulo ya se ha extendido ampliamente. Bien, y después de esta exposición ¿qué hacemos ante estas situaciones?

Los profesionales sanitarios debemos unirnos para desmontar las mentiras que circulan por las redes sociales o las aplicaciones de mensajería instantánea.

En definitiva, combatir las fake news en salud es una responsabilidad de tod@s. Esta es la primera premisa indispensable.

Como casi siempre, la solución es multidisciplinar, de todos los agentes implicados. Es la mejor fórmula para mejorar la información de salud en la red.

Desde todas las instituciones implicadas se debe fomentar un mayor nivel de cultura sanitaria de la población. Y todos tenemos nuestra parte de trabajo que desarrollar. Las sociedades científicas, de las que se espera que tengan un contacto más directo con la sociedad. Su opinión es muy importante, al igual que la del profesional sanitario.

Aunque cada vez son más los profesionales sanitarios que se digitalizan y “prescriben” salud en las redes sociales, se necesitan más voces profesionales en estas redes para informar y educar en salud.

Por parte de los políticos, se deberían presentar iniciativas legislativas a favor de establecer un marco jurídico que ayude a luchar contra las fake news.

Los medios de comunicación tienen una labor informativa, no formativa; pero sí tienen una obligación de informar con veracidad y con rigor. Se puede idear un titular llamativo pero no tiene por qué ser falso o alarmista.

Si los medios realmente quieren ser un lugar de referencia, a diferencia de los blogs, que son anónimos o están firmados por ciudadanos corrientes, tienen que distinguirse precisamente en el rigor de la información. Y crear puestos de trabajo especializados en salud que puedan luchar, desde el conocimiento, contra las fake news.

Las redes sociales deben tomar cartas en el asunto, porque al final pueden llevarlas al desprestigio y quedarse como meros medios de difusión de relaciones afectivas y poco más. Estos ya han comenzado a movilizarse y, como corresponde a su nivel, a lo grande.

Facebook, por ejemplo, ya ha establecido en Europa dos centros de lucha contra este fraude en las noticias. En Alemania y ahora en nuestro país, España. En Barcelona y en la Torre Glories (antigua Agbar), con un buen número de medios humanos y técnicos para ello.

Y dejo para el final a los más importantes, los ciudadanos. Aparte de deber organizarse como verdaderos núcleos centrales en el sistema, ya que son los principales perjudicados, y formarse con los otros agentes del sistema, es imprescindible que cierren vías usadas en exceso con el dañino whatshapp, como las provenientes de: “¡ALERTA!, ¡PÁSALO A TODOS TUS CONTACTOS!”. Los mensajes de este tipo son cada vez más frecuentes por whatsapp y las redes sociales. Se trata de información alarmista, en muchos casos sobre salud, cuyo contenido, la mayoría de las veces, es un bulo. No lo difundas. Puedes hacer un importante favor a alguien con no buenas intenciones.

Artículo publicado en la revista New Medical Economics en septiembre de 2018.