Por Marta Velasco y Raquel Martín. BMC Innovation.

La llegada del nuevo milenio ha traído consigo despliegues tecnológicos que están modificando nuestras vidas cotidianas con tal vertiginosidad que, muy probablemente, no lleguemos a ser conscientes del impacto que tendrán en nuestras sociedades.

No obstante, aunque la rápida evolución de la tecnología está mejorando nuestras vidas en muchos aspectos, también está creando nuevos problemas y consecuencias imprevistas: una gran crisis colectiva de sentido provocado también por el agotamiento del modelo de consumo del pasado, y que está dando lugar al despertar de un nueva conciencia y un replanteamiento existencial -tanto individual como colectivo.  

Estamos ante el surgimiento de un Nuevo Paradigma, con un Ciudadano Global cada vez más empoderado, consciente y comprometido en ser parte de la solución a los desafíos que enfrentamos los seres humanos. Consciente de su poder de elección y de su responsabilidad en la creación del bien común y en la de su propio bienestar, entendiendo ambas cosas como dos caras de una misma moneda.

Un ciudadano, a su vez, con una nueva mirada que exige al sector privado mayor trasparencia, compromiso, ética y, ante todo, el cumplimiento de su PROPÓSITO o, como dice el filósofo colombiano, Bernardo Toro, de sus PROMESAS: “Un propósito es garantizar que voy a cumplir con la promesa”.

Así, esta llamada toca a la puerta de CEO´s, empresarios, emprendedores, proveedores, consultores, empleados, clientes, productores, consumidores, personas del sector público y del sector social o ciudadanos de a pie.

Esta revolución de la conciencia no se trata claramente de una moda pasajera, sino de la búsqueda de un sentido perdido, de PROPÓSITO  que a nivel corporativo se consolida como un faro o brújula que guía el negocio y la toma de decisiones, motor de engagement interno y externo con colaboradores y otros stakeholders, driver de crecimiento y de nuevos caminos de innovación.

Lejos de la misión y la visión, de las iniciativas de RSE, esta resignificación del concepto de propósito, hacia un valor más elevado, genera una nueva dimensión de creación de valor desde donde deberíamos dar respuesta al PARA QUÉ de la razón de existir corporativa.

Más que una moda, las empresas que quieran seguir sumando ventajas competitivas a su estrategia de negocios y renovar su relevancia cultural para poder seguir operando en los mercados, deberán evolucionar junto a esta nueva generación de ciudadanos ‘activistas’, conscientes de que sus decisiones se deben orientar a crear un mundo mejor para sí mismos y para sus comunidades, para su propia salud y la del planeta.

En BMC tenemos vocación de guiar a las empresas en su journey hacia la creación de este nuevo framework que genere crecimiento económico e impacto positivo en la sociedad, tratando de responder a preguntas como: ¿cómo se genera un propósito trascendente? ¿cuál es el proceso para poner el propósito en acción? y destrabando las diferentes barreras para que el propósito esté, realmente, en el corazón de la estrategia.

PROPÓSITO EN ACCIÓN

El reciente estudio (2018) que realizamos desde BMC en Europa sobre Propósito delinea algunos de los “condimentos” necesarios para crear y poner en acción un propósito y de las barreras que el sector corporativo encuentra aún hoy para ponerlo en acción.

Según los directivos entrevistados (30), el propósito se visualiza como un faro que brinda certezas y una guía para tomar decisiones coherentes y adecuadas en el día a día. Pero el propósito es mucho más un norte o una guía, es business driver del negocio para el éxito de la compañía en el largo plazo.  En este sentido, los entrevistados en las empresas españolas que formaron parte del estudio son contundentes: el 98% acuerda en que para tener éxito a largo plazo, las empresas necesitan contar con un propósito claro, y el 91% afirma que un propósito definido y comunicado impacta positivamente en los resultados del negocio.

El propósito debe ser, según los entrevistados, trascendente,  e impactar más allá del negocio, de forma positiva en la sociedad. Lo cierto es que el propósito “reacomoda” el negocio en su sentido más amplio: en algunos casos, provocando que la compañía se desprenda de negocios rentables pero que no “encajan” con el propósito de la empresa (o la evolución del propósito original). En otros casos, habilitando la posibilidad de abrir en el presente (o el futuro), nuevas líneas de negocio.

El propósito recoge, según los entrevistados, la historia y el ADN de la compañía, pero el desafío es que perdure ese espíritu y pueda evolucionar con el tiempo (no “sumarse a la moda”). Tiene que ser auténtico, coherente y consistente entre el SER, HACER y DECIR.

Sin embargo, contar con un propósito claro y hasta bien definido, per se, no es suficiente: es necesario, además, hacerlo tangible tanto a nivel interno  -en la organización- como a nivel externo – hacia el consumidor-ciudadano y otros stakeholders de interés para la compañía.

Ahora bien, ¿por qué es tan importante llevar el propósito a la acción? Porque cuando una empresa tiene un PARA QUÉ claro puede sobrevivir a los cambios tecnológicos y a las fluctuaciones del mercado, porque su función es lograr que su PARA QUÉ sea una realidad; el CÓMO o el QUÉ pueden cambiar sin que se vean afectados. El PARA QUÉ, en cambio, debe liderar la estrategia de una empresa para poder eternamente crear situaciones que hacen irrelevante a la competencia, para poder diferenciarse y así mantener la lealtad y pasión de sus clientes en el corto, mediano y largo plazo. La revolución está ya en marcha.

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